
El 2025 termina con un cambio silencioso, pero definitivo: las reglas del ahorro y la inversión en el Perú ya no son las mismas. Durante años, la banca tradicional dictó el ritmo, ofreciendo pocas alternativas y rentabilidades que no conversaban con las metas reales de los clientes. Ese modelo funcionó mientras el inversionista peruano era más pasivo. Pero hoy, ese perfil prácticamente desapareció.
El inversionista actual no espera. No se conforma con retornos mínimos ni con productos que no entiende. Ya no se queda con la primera opción que le ofrece su banco; pregunta, compara, cuestiona y busca estructuras que realmente tengan sentido para sus objetivos. Ese giro fue evidente a lo largo del 2025 y explica por qué los productos alternativos y las gestoras privadas han tomado protagonismo de forma tan natural.
Los vehículos alternativos crecieron no por prometer “más rentabilidad”, sino por ofrecer algo que la banca no podía entregar con la misma flexibilidad: diseño a medida, transparencia en la gestión y un acceso cada vez más abierto a inversionistas que buscan algo más que una tasa fija anual. El mercado empezó a valorar modelos construidos con propósito, claridad y una gestión profesional que acompaña el riesgo, no lo oculta.
La banca sigue siendo relevante, pero ya no es el punto de partida obligatorio. Hoy forma parte del portafolio, no lo define. Muchos inversionistas comienzan evaluando qué fondo privado o producto estructurado encaja mejor con su perfil, y recién después complementan con instrumentos bancarios. La conversación cambió de orden, y eso marca un antes y un después.
Las gestoras privadas fueron las grandes ganadoras del año. No por competir con los bancos, sino por ocupar un espacio que estaba vacío: el de acompañar al inversionista con información clara, reglas comprensibles y estructuras profesionales que responden a necesidades reales. La confianza se volvió la variable clave del 2025, y quienes trabajaron con auditorías externas, procesos sólidos y comunicación seria lograron destacarse en un mercado que ya exige más rigor y menos marketing.
El 2026 se perfila como un año donde la frase “diversificar” deja de ser un consejo general para convertirse en una responsabilidad financiera. Los portafolios más inteligentes serán los que combinen liquidez, alternativas privadas, productos con flujos reales y estrategias que protejan capital en distintos ciclos. No se trata de tener más instrumentos, sino de elegir los correctos.
El cierre del 2025 marca la despedida del inversionista tradicional y el comienzo de uno nuevo: más consciente, más informado y mucho más exigente. Un perfil que ya no delega su futuro financiero, sino que lo construye activamente. Las gestoras privadas y los productos alternativos están listos para ese escenario. La banca también tendrá que estarlo.
El 2026 abrirá un ciclo donde la clave no será vender productos, sino acompañar objetivos. Y ese es, quizás, el cambio más importante de todos.